Jo, viendo las fotos me he dado cuenta de que ahora estamos igual… igual… igual que nuestros padres en aquellos años…
No, no hemos cambiado mucho. El mismo pelo, las chicas con los mismos cardados, los mismos kilos, las mismas hombreras…
Antes, para preparar una excursión decíamos: «¿A dónde vamos el fin de semana?». «¡¡A Riglos!!». Nos íbamos a la Renfe a sacar los billetes el miércoles, nos preparábamos los pantalones de pana, la camisa gorda de leñador (o con hombreras), las zapatillicas de la Tórtola (algunos las John Smith) y las chirucas o, ya en el colmo… las botas con suela Vibram con medio kilo de grasa por si llueve. Y también cogíamos el chubasquero o la capelina. Vamos… hechos un cuadro.
Ahora decimos: «¿Dónde vamos el finde (finde…)?». Miramos el tiempo en tres páginas diferentes, a ver si llueve de 11:35 a 17:22 o hay una ciclogénesis explosiva que no nos deja salir. Al final decidimos que nos vamos porque solo hay un 30 % de probabilidad de lluvia durante el rato de comer y luego tendremos una sensación térmica de 16 grados que resultará bastante agradable para hacer trekking; eso sí, con nuestras botas ultraligeras con membrana drytex y con suela con gran capacidad de absorción al impacto.
Y en aquellos tiempos, allá que íbamos: Canfranero tres horas hasta Riglos estación, luego un paseo con la tienda repartida entre todos: tú el toldo, tú las piquetas y tú… una piedra gorda, que no llevas nada. Una horica de caminata por el camino que nos había indicado en el plano Manolo… «aunque me han dicho que si atajamos nos ahorramos un trozo…». Un trozo a lo mejor, pero un buen rato más fijo, porque seguro que nos perdíamos («¡¡Carlos, por la izquierda o por la derecha?!» «¡¡Por la izquierda!!»), y allá que llegábamos en dirección contraria a Ayerbe, y a desandar lo andado: 20 km más para el cuerpo…
Bocata de sardinas o pechugas para comer y, de cena, sopita de Avecrem (o Sopinstant los más jóvenes) y salchichas. Luego, a dormir en el saco como sardinas, con olores múltiples.
Ahora es diferente: nos vamos a un lugar «con encanto», cogemos nuestra ropa técnica con aireación que permite transpirar pero no deja entrar el agua, nuestra chaqueta de montaña con cremalleras termoselladas, la bufanda de cuello (térmica también, no nos vayamos a enfriar con 16 grados…) y los bastones (imprescindibles para descargar los cuádriceps y los gemelos; yo digo… ¿antes no teníamos de eso?). Vamos… hechos otro cuadro, pero con más encanto…
Encendemos el GPS y vamos en nuestro coche camino del monte a hacer trekking. Cuando llegamos (dejando el coche lo más cerca posible de la senda), mandamos unos selfis y unos WhatsApp («…mira qué sitio más cuqui…»), andamos media horita por un camino bien señalizado (y, si no, tenemos la ruta descargada en el móvil) y sacamos nuestro surtido de ibéricos y la botellita de Rioja (lástima que la temperatura del vino no sea la correcta; si no, este vino es espectacular). Luego, a comer a un sitio que me han dicho que tiene comida casera y ponen unos platos… que, después de esta pedazo excursión, nos van a venir perfectos. Siestecita, paseíto por el pueblo, cena de tapitas de diseño y a dormir a nuestra habitación con edredón de plumas (lástima que la almohada no sea de viscoelástica como la de casa; no voy a pegar ojo en toda la noche).
En fin, ya veis que no hemos cambiado nada…
Lo que no ha cambiado es ese amor por la naturaleza y esos valores —amistad, respeto, trabajo— que nos transmitió Chema y que debemos transmitir a las nuevas generaciones.
Gracias, Chema, por todo ello. Sin ti esto no habría existido y no nos habríamos conocido este grupo de amigos.
Pedro Luis Alonso López
11 de abril de 2015
No hay comentarios:
Publicar un comentario